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François Vatin
Trabajo,
ciencias y sociedad Traducción de Irene Brousse Trabajo
y Sociedad, CEIL-PIETTE, Lumen-Humanitas, Buenos Aires, 2004, 244 págs |
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I N D I C E Primera
Parte ¿Qué ciencias del trabajo? Segunda
Parte Algunas palabras de trabajo |
Cuando hace unos veinte años comencé investigaciones doctorales en torno al tema trabajo, la cuestión no estaba particularmente de moda en las ciencias sociales. La gran época humanista que había marcado a la economía y la sociología del trabajo después de la segunda guerra había terminado. La corriente marxista, muy dinámica en ese momento, veía el noecleo de las contradicciones del capitalismo moderno en el intercambio desigual entre las naciones más que en las "relaciones de producción" dentro de las viejas naciones industriales. Entre los sociólogos, Alain Touraine anunciaba que el movimiento social había abandonado el campo del trabajo para focalizarse en nuevos terrenos, con las luchas de la mujer, los jóvenes, anti-nucleares. Pierre Bourdieu estudiaba la "reproducción social", no en el aparato productivo sino en la escuela y los valores culturales. En el mejor de los casos, en la línea de los trabajos de Michel Foucault, se veía en la fábrica un lugar entre otros de disciplinamiento social.
Por contraste con esta época no tan lejana, la suma de literatura publicada desde hace algunos años en Francia sobre el tema del trabajo es impresionante. Ahora bien, curiosamente, la cuestión del trabajo ha vuelto al centro del debate, social y universitario, por medio de un interrogante sobre su posible desaparición. Algunas obras de referencia: la de Dominique Méda en 1995, la traducción de Jeremy Rifkin en 1996 sirvieron de detonante, llevando a unos y otros a tomar posiciones a favor o en contra del "fin del trabajo"[1]. Así, no menos de nueve libros (sólo viendo sus títulos explícitos), sin contar los noemeros de revistas, aparecieron en Francia en 1997 y 1998 sobre este tema[2]. ¡Qué presencia para un fantasma putativo! Frente a tal avalancha editorial, es embarazoso agregar material. ¿Era realmente necesario incluir una obra más en este debate escolástico en muchos aspectos, ya que está sometido a la definición que se da del concepto de trabajo?
Espero sin embargo tener algo diferente para decir. O más bien, espero dar testimonio de otra manera de enfocar el problema. La presente obra no constituye, en efecto, una disertación más, a favor o en contra del fin del trabajo, sino la memoria de un recorrido intelectual sobre este tema. Este recorrido comenzó con investigaciones socioeconómicas llevadas a cabo en el sector petrolero petroquímico del sudeste de Francia. Llevó a una reflexión epistemológica sobre el mismo concepto de trabajo, que se apoya en la historia de las ciencias, sociales pero también naturales. Mientras tanto, me había visto conducido a tratar cuestiones que la extensión del desempleo ofrecía a los sociólogos y economistas del trabajo durante los años 1980: el futuro de los oficios, la inserción de los jóvenes, el papel del aparato de formación. Pero también me había interesado por los debates sobre el "taylorismo" de comienzos de siglo. Como se ve, oscilaba sin cesar entre los estudios de campo y la reflexión teórica e histórica, la epistemología y la sociología del trabajo.
De hecho, esta doble dimensión, sociológica y epistemológica, de la cuestión atravesó todas mis investigaciones. Desde mis primeros estudios sobre la industria petrolera de la albufera de Berre (en el sur de Francia), es en la historia de las ideas que busqué la inteligencia de los hechos. El hecho destacado que se me presentaba en ese sector industrial era el desarrollo de una lógica de producción en continuo (lo que llamé la "fluidez"), que tendía a "eliminar" el trabajo, a alejarlo cada vez más del sistema productivo propiamente dicho. Pero mi marco interpretativo residía en la historia de las ideas segoen un enfoque "genealógico" inspirado en Michel Foucault[3]. Como intenté demostrar, la "fluidez" del petróleo no consistía un estado natural de la materia, sino una producción social, cuya genealogía podía rastrearse mediante una historia de largo plazo de la industrialización. Este primer anclaje de mi reflexión en el análisis de un ideal de "producción sin trabajo" dominó mis investigaciones sociológicas. Me llevó a abordar la "nueva cuestión social" nacida del desempleo masivo por medio de una interrogación explícita al concepto de trabajo, mucho antes de que se debatiera acerca de su posible fin.
La sensación, quizás infundada, de la unidad de mis preocupaciones me llevó a reunir este conjunto de textos en dos partes, la primera de epistemología y la segunda de sociología del trabajo. El orden de lectura propuesta es lógico: el enfoque epistemológico precede al enfoque sociológico, que sin embargo cronológicamente es anterior. En la primera parte, los textos fueron clasificados en el orden histórico del desarrollo de las ideas, que lleva de la eclosión de la mecánica industrial a fines del siglo XVIII (capítulos 1 y 2) al debate sobre el taylorismo a comienzos del siglo XX (capítulos 5 y 6)[4]. Pude inscribir estos dos momentos cruciales del debate sobre el trabajo en un encadenamiento histórico coherente cuando, más recientemente, agregué un tercer aspecto a esta historia dedicada al nacimiento de la fisiología y la psicología del trabajo (capítulos 3 y 4). La segunda parte se desarrolla segoen un orden más conforme al de la redacción de los textos. Se compone primero de textos sobre la fluidez industrial de comienzos de los años 1980 (capítulos 7, 8 y 9), luego de textos que abordan el entorno social del acto de trabajo: formación, inserción, oficio, escritos algunos años después (capítulos 10. 11, 12).
Si la reunión de estos artículos forma, por lo menos desde mi punto de vista, un todo coherente, si se los toma aisladamente son muy diversos. Su redacción se extiende por veinte años, durante los que evidentemente cambié mis conocimientos, mis competencias, y también mis interrelaciones teóricas e ideológicas con la sociedad que me rodea. No es sin aprehensión que ofrezco a la lectura o a la relectura textos en algunos casos tan antiguos. Deliberadamente no los "retrabajé", corrigiendo oenicamente la forma cuando me parecía demasiado espantosa o algunos errores factuales y erratas. En cambio, agregué nuevas notas, que articulan unos textos con otros, aportan nuevas referencias y a veces toman distancia respecto de mis antiguas afirmaciones[5].
Por otra parte, el estatuto "universitario" de estos textos no siempre es el mismo. Algunos fueron escritos con fines de "vulgarización" (capítulos 1, 2, 6 y 7) o con una intención deliberadamente polémica (capítulos 9, 11). Otros son más académicos. Algunos precedieron la publicación de obras en las que su temática se retomó y afinó (capítulo 2, 6, 7, 8, 9), o por el contrario, fueron posteriores (capítulo 1). Otros en cambio, presentan temáticas que nunca desarrollé en otra forma. El capítulo 5 es un caso un poco particular, ya que en su origen era un texto introductorio a la reedición de una compilación de textos de Taylor y de sus críticos contemporáneos[6]. En cuanto a la introducción general, se apoya en parte en un artículo de humor escrito en 1997[7].
Finalmente, si esta obra se publica sólo a mi nombre, la mitad de los textos que la componen fueron publicados originalmente en colaboración. Es el caso del capítulo 2, que retoma un artículo publicado con Jacques Rousseau, de los capítulos 7, 8 y 9, que retoman artículos publicados con Raymond Galle, del capítulo 10, que retoma un artículo publicado con Jean-Yves Broudic y del capítulo 11, que retoma un artículo publicado con Alain Even. Para los capítulos 7, 8, 9 y 11, las publicaciones iniciales se apoyaban en investigaciones llevadas a cabo en colaboración y difundidas bajo la forma de "literatura grisÓ[8]. Para el capítulo 10, sólo retomé la primera parte, teórica, del artículo publicado en comoen. Agradezco a todos estos colegas y amigos la autorización para retomar en este volumen el producto de nuestras colaboraciones.
Agradezco también a todos aquellos que me dieron la oportunidad de publicar en coloquios, seminarios o en publicaciones colectivas que dirigían, algunos de los textos aquí reunidos: Jacob Tanner y Philip Sarasin de la Universidad de B?le por el capítulo 3, Yves Clot del Conservatoire national des Arts et Métiers por el capítulo 4, Roger Cornu del Centre National de la Recherche Scientifique por el capítulo 9, Jacques Pillemont en nombre del Plan Construction Rennes 2 por los capítulos 11 y 12. Agradezco finalmente a las redacciones de revistas donde se publicaron los otros textos presentados: los Cahiers de Science et Vie (capítulo 1), Economie et humanisme (capítulo 2 y 6), Milieux (capítulo 7), Sociologie du travail (capítulo 8).
París, 1o. de febrero de 1999
Notas
1 Dominique Méda, Le travail, une valeur en voie de disparition?, París, Aubier 1995. Jeremy Rifkin, La fin du travail, París, La Découverte, 1996 y 1997. [Volver]
2 Citemos, no exhaustivamente: Paul Bouffartigue et Henri Eckert (ed.), Le travail à l'épreuve du salariat (à propos de la fin du travail), Paris, L'Harmattan, 1997 ; collectif, Le travail, quel avenir?, Paris, Folio-Gallimard, 1997; Charles Goldfinger, Travail et hors-travail, Paris, Odile Jacob, 1998 ; Nicolas Grimaldi, Le travail, communication et excommunication, Paris, Puf, 1998; Anne-Marie Grozelier, Pour en finir avec la fin du travail, Paris, Editions de l'Atelier, 1998; Alain Lebaube, Le travail, toujours, moins, autrement, Paris, Le Monde éditions, 1997; Jean Onimus, Quand le travail dispara"t, Paris, Desclée de Brouwer, 1997; Dominique Schnapper, Contre la fin du travail, Paris, Textuel, 1997; Yves Schwartz (ed.) Reconnaissances du travail, pour une approche ergologique, Paris, Puf, 1998. Para las revistas, citemos algunos noemeros especiales: Alinéa, n¡ 8, septiembre 1997 ÒLes crises du travailÓ, Autrement, n¡ 174, octubre 1997 ÒC'est quoi le travail?Ó, Esprit ; Les Temps Modernes ÒMutation du travail : métamorphoses socialesÓ julio-agosto-septiembre 1998. (Realicé esta lista gracias a la ayuda de mi amiga y colega Annie Jacob, con quien traté de establecer un registro de los documentos aparecidos en los oeltimos años sobre la crisis del trabajo y la nueva cuestión social). [Volver]
3 Esta inspiración es patente en mi tesis de posgrado, defendida en 1981 bajo la dirección de Jean-Paul de Gaudemar: L'économie des flux, essai de généalogie et de synthèse de l'organisation des procès de production continus, EHESS, París, 1981. Esta tesis, de la que puede encontrarse testimonio en los capítulos 7, 8 y 9, había alimentado en 1987 un libro publicado con el título La fluidité industrielle, essai sur la théorie de la production et le devenir du travail, París, Méridiens-Klincsieck, 1987.[Volver]
4 Mis trabajos sobre mecánica industrial fueron objeto de un librito publicado en 1993 con el título Le travail, économie et physique(1780-1830), París, PUF. Mis investigaciones sobre los debates referidos a la organización del trabajo a comienzos de siglo habían alimentado la primera parte de La fluidité industrielle, op. cit. Me había llevado también a publicar una compilación de textos, que comprende La direction des ateliers de F.W. Taylor (1902) con el título Organisation du travail et économie des entreprises, París, Ed. d'Organisation, 1990. [Volver]
5 Estas notas figuran entre corchetes para diferenciarlas de las notas originales. [Volver]
6 Los textos que figuran en esta compilación a veces difieren un poco de los originalmente publicados, ya que generalmente me apoyé en versiones primitivas que había tenido que reducir para publicarlas.[Volver]
7 Fran?ois Vatin, "Défense du travail", Alinéa, op. cit., pp. 41-47. [Volver]
8 Raymond Galle y Fran?ois Vatin, Le modèle de fluidité, étude économique et sociale d'une raffinerie de pétrole, Bandol, Laboratoire de Conjoncture, 1980, por encargo del Cordes (Comisariado general del Plan); Alain Even, Jean-Yves Ménard y Fran?ois Vatin, Logique de formation et organisation productive: Bois, B?timents et Travaux Publics, Industries Agricoles et Alimentaires, Rennes, Lessor, 1988, por encargo del Comisariado General del Plan.[Volver]
1. Defensa del trabajo [1]
Se ha vuelto banal recordar que la palabra "trabajo" proviene del latín tripalium, que designa un instrumento de tortura. Sin embargo, esto es cierto sólo a medias, ya que en principio el tripalium es sólo un banal "trípode" (instrumento con tres pies), que puede servir sin duda como "soporte" (en sentido literal y metafórico) para la tortura, pero también y fundamentalmente, para sujetar a los animales grandes cuando se los cura o se los marca. Así, el "trabajo" designó en primer lugar, en un sentido técnico que se mantuvo hasta nuestros días, este inocente instrumento del criador y del herrero. Es por medio del verbo (tripaliere: hacer sufrir en el tripalium) y no por medio del sustantivo, que apareció el sentido moderno de pena. "Trabajar" al torturado evidentemente quiere decir hacer sufrir, pero también, segoen una lógica que en la época moderna ha perdido sentido, hacer hablar a su cuerpo: "El verdadero suplicio tiene como función hacer estallar la verdad; y en eso insiste, inclusive bajo la mirada del poeblico, el trabajo de la pregunta"[2]. Así, por más extraño que pueda parecernos, para nuestros antepasados el trabajo del suplicio era "productivo", como el de la mujer de parto que trae al mundo, como el de la materia sometida a la herramienta que la agujerea, la cepilla o la fresa. No se obtiene algo de nada, no hay producto sin gasto, sin pena, sin trabajo.
Esta historia de la palabra "trabajo" sin duda es emblemática de nuestra tradición judeo-cristiana[3]. Jehovah le dijo a Adán al echarlo del Paraíso terrenal: "Trabajarás con el sudor de tu frente", y a Eva: "Parirás con dolor", y así se llama al dar a luz "trabajo" de parto. Sin embargo, el árbol no debe ocultar el bosque. Las palabras no crean el mundo, aunque participen en su construcción. Siempre se podrá afirmar que nuestra sociedad occidental construyó con la palabra trabajo un concepto, y por lo tanto una realidad social, que no tiene equivalente en otras sociedades. Eterno problema de la traducción. A pesar de esto, este vocablo abarca una serie de prácticas materiales, acciones técnicas, verbalizaciones que las organizan, que el hombre occidental no posee en absoluto de manera monopólica. En resumen, antes de ser una pena o una restricción, el trabajo es el medio de una producción, la puesta en acción de una tecnicidad. El trabajo moderno, a pesar de lo que pueda decirse, tiene su origen en esta capa antropológica primitiva, este proceso de hominización que André Leroi-Gourhan supo describir tan bien, y no simplemente en este epifenómeno, a escala de la historia de la humanidad, que es la aparición de las religiones monoteístas[4].
Siempre es posible designar de otra manera esta actividad técnica y reservar la palabra trabajo sólo para el registro de lo penoso, como invita a hacerlo Hannah Arendt[5]. Es a este precio que el trabajo podrá considerarse en la óptica del sufrimiento, segoen una tradición de filosofía radical activa en la segunda mitad de nuestro siglo, que toma de Nietzsche, de Freud y de Georges Bataille, para desembocar en Marcuse y el situacionismo[6]. Pero las palabras no mueren fácilmente, y hasta prueba de lo contrario, el trabajo no designa en francés oenicamente lo penoso sino también el producto, como lo formulaba con una claridad jamás igualada el físico Charles Coulomb en un texto que estudiaremos en el capítulo 2: "hay que distinguir dos cosas en el trabajo de los hombres o de los animales: el efecto que puede producir el empleo de sus fuerzas aplicadas a una máquina, y la fatiga que pueden sentir al producir este efecto"[7].
Esta dualidad del trabajo es poco cuestionable. La discusión filosófica se situará en la relación establecida entre estas dos dimensiones. El argumento puritano se insinoea cuando se supone que el producto resulta de lo penoso. Ahora bien, la física aportará su contribución al tema mediante la formulación del concepto de "rendimiento". Ya que si Coulomb distingue estas dos dimensiones del trabajo, es para remitir la primera a la segunda: "Para sacar el máximo partido de la fuerza de los hombres, hay que aumentar el efecto sin aumentar la fatiga; es decir que suponiendo que tengamos una fórmula que represente el efecto y otra que represente la fatiga, para sacar el máximo partido de las fuerzas animales, el efecto dividido por la fatiga debe ser un máximo"[8].
Como veremos en el capítulo 1, el modelo de Coulomb dará nacimiento a la mecánica industrial a comienzos del siglo XIX[9]. En un juego de espejos semántico, los mecánicos definirán el concepto físico de "trabajo" en referencia al trabajo humano, y precisamente a su dualidad. Como el hombre, la máquina gasta ("trabajo total") y produce ("trabajo oetil"). Su producto es una fracción de su gasto, la que se tratará de maximizar para optimizar el rendimiento de la máquina. Rápidamente, como veremos en el capítulo 3, la termodinámica ampliará este modelo, haciendo del trabajo mecánico una forma de la energía y reemplazando el modelo del rendimiento mecánico por aquel más general del rendimiento energético. En un extraño círculo epistemológico, este modelo podrá entonces volver al hombre, máquina energética entre otras. En 1913, Jules Amar, contemporáneo de Frederick Taylor y uno de los fundadores en Francia de la ergonomía, defenderá una tesis titulada El rendimiento de la máquina humana[10].
Esta historia de la física es extrañamente paralela a la de la economía política. Cuando Coulomb, ingeniero encargado de las fortificaciones en Martinica, estudiaba en los años 1760 la fuerza de sus obreros, el filósofo Adam Smith meditaba sobre el origen de la riqueza de las naciones para producir en 1776 la obra a menudo considerada como el acto fundador del pensamiento económico moderno[11]. Ahora bien, el punto de partida de la teoría de Smith es precisamente la figura del trabajo como pena productiva, fundando el famoso "valor-trabajo": "Cantidades iguales de trabajo deben ser, en todo tiempo y todo lugar, de un valor igual para el trabajador. En su estado habitual de salud, fuerza y actividad, siempre debe sacrificar la misma porción de su reposo, su libertad y su felicidad"[12].
En la teoría smithiana del valor-trabajo, el argumento es sobre todo contable; se inscribe en un "cálculo de los placeres y penas", al que Jérémy Bentham le daría forma definitiva en la filosofía "utilitarista": si el trabajo se paga, es que es una magnitud negativa, una "desutilidad", dirá un siglo después William Stanley Jevons apoyándose precisamente en Bentham[13]. Si fuera de otra manera pagaríamos por trabajar. Pero ¿no habría hoy en día desocupados dispuestos a hacerlo? Mejor aoen, no lo hacemos ya colectivamente, si no individualmente, cuando el Estado financia empleos considerados improductivos, y prefiere distribuir sus asignaciones en contrapartida de una actividad de inserción para apegarse a la norma social de trabajo, aunque también al deseo de los individuos[14].
Se podría decir mucho sobre las actividades de inserción, y más generalmente sobre el desdibujamiento de puntos de referencia entre empleo, formación, voluntariado, desempleo, inclusive actividad social de consumo[15]. Sin duda, la norma de imposición social no se detiene en la frontera del "trabajo" en su definición supuestamete "clásica" de empleo asalariado. Pero para mí, lo esencial está en el debate presente. Está en mostrar que, recíprocamente, el trabajo no puede reducirse a esta norma social, o bien a su alienación. Como lo señaló Gilbert Simondon, siguiendo a Leroi-Gourhan y a toda la tradición de antropología técnica, el trabajo es antes que nada actividad técnica: "Es el trabajo el que debe ser conocido como fase de la tecnicidad, no la tecnicidad como fase del trabajo, ya que la tecnicidad es el conjunto del cual el trabajo es una parte, y no la inversa"[16]. Reducir, si no romper la alienación del trabajo, es recuperar el sentido de la técnica: "Para reducir la alienación, habría que devolver a la unidad de la actividad técnica el aspecto de trabajo, de pena, de aplicación concreta que implica el uso del cuerpo, y la interacción de los funcionamientos; el trabajo debe volverse actividad técnica"[17].
Al reintroducir la técnica, olvidada con demasiada frecuencia en los debates actuales sobre la crisis del trabajo, se reintroduce también la vocación productiva del trabajo en su sentido más general, es decir no simplemente económico. A falta de tal perspectiva, la crítica del trabajo moderno corre el riesgo de ser hueca. No solamente choca con el sentido comoen de las familias: ¿de qué se va a vivir si nadie produce?, sino que niega una realidad que sin embargo la crisis presente pone fuertemente en evidencia: el deseo de trabajar.
La abstinencia impuesta de trabajo es también un sufrimiento, como lo mostró Jean-Pierre Dautun en sus "Crónicas de no trabajos forzados"[18].
El problema no es simplemente la desaparición del ingreso que acompaña el trabajo, ni la estigmatización social que produce su ausencia. Es el de la identidad individual (la necesidad de ser para sí mismo) que como sociológos no podemos separar del de la identidad social (ser para los demás). Trabajar es también producir, es decir existir en la obra, para sí mismo y para los demás. Como prueba, tal deseo de identidad persiste aoen cuando la referencia social se vuelva virtual, como en la figura del "artista maldito", que espera de la posteridad el reconocimiento social que no puede obtener de sus contemporáneos. Es en nombre de tal perspectiva que continua "trabajando", es decir siguiendo, como buen burgués weberiano, su vocación ante Dios. Este deseo de trabajo ¿es sólo sumisión a la ideología dominante o neurosis colectiva?
Al exagerar, la crítica del trabajo tiende a menudo a confortar a su eterno enemigo: el culto puritano del trabajo, asimilando subrepticiamente trabajo y trabajo alienado. Sin embargo, Marx nos había advertido acerca de tal asimilación, cuyo rol había captado en la constitución de la teoría del valor trabajo en Adam Smith: "Trabajarás con el sudor de tu frente!" Es la maldición de Jehovah a Adán al expulsarlo. Y así Adam Smith concibe al trabajo como una maldición. El "descanso" aparece entonces como el estado adecuado, sinónimo de "libertad" y de "felicidad". Que el individuo que se encuentra "en el estado normal de salud, fuerza, actividad y habilidad" pueda sentir sin embargo el deseo de efectuar una parte normal de trabajo y de suspensión de su descanso parece interesar poco a Adam Smith. Es cierto que la medición del trabajo parece dada desde el exterior, por el objetivo a alcanzar y por los obstáculos que el trabajo debe superar para lograrlo. Pero Adam Smith no parece tampoco creer que superar los obstáculos pueda ser en sí misma una actividad de libertad "(...), ser entonces la autorrealización, la objetivación del sujeto, y por eso mismo, la libertad real cuya acción es precisamente el trabajo"[19].
Marx, que no era puritano, conocía por sí mismo este deseo desenfrenado de trabajo, del que también sabía que no estaba desprovisto de dolor: "Que el trabajo sea trabajo atractivo, autorrealización del individuo, (...) no significa de ninguna manera que sea puro placer, pura diversión como lo piensa Fourier con sus concepciones ingenuas y sus visiones de costurera. Trabajos efectivamente libres, la composición de una obra musical por ejemplo, requieren a la vez una fuerte seriedad y el esfuerzo más intenso"[20]. La actividad del compositor y la del filósofo no podrían sin embargo servir de modelo a la comprensión del trabajo alienado que domina nuestras sociedades, y aquí Marx le da la razón a Smith: "Sin duda tiene razón al decir que el trabajo en sus formas históricas, esclavitud, servidumbre, salariado, aparece siempre como un trabajo molesto, como un trabajo forzado impuesto desde afuera, frente al cual el no trabajo aparece como la "libertad" y la "felicidad"[21].
Dos observaciones, sin embargo: por una parte, como dijimos, el no trabajo aparece como libertad y felicidad sólo si no se está sometido a él; pero sobre todo, el trabajo asalariado por más alienado que sea, nunca es reductible a esa alienación. Salvo en casos extremos, el deseo de hacer bien persiste, ya que su presencia es vital para la identidad del propio trabajador. Como lo han mostrado ampliamente cincuenta años de estudios de psicología y sociología del trabajo, sin ese compromiso personal de los trabajadores, ninguna organización productiva, ni siquiera la más "tayloriana" habría podido funcionar[22]. El estricto respeto de la prescripción y el rechazo de toda iniciativa constituyen, en efecto, los medios más seguros para obstaculizar la marcha productiva. La economía salarial se habría derrumbado desde hace mucho si, tanto en los buenos como en los malos años, los trabajadores no hubieran conservado el deseo de producir a pesar de todos los obstáculos que a veces les presentaba la organización. Se puede ver sin duda en tal participación gratuita en los objetivos de la empresa, una suprema alienación. Pero la alienación toma aquí la figura de la neurosis freudiana, banal, inclusive necesaria para la identidad del sujeto, cuando no es patológica[23].
Cuando el intelectual denuncia el trabajo alienado, en general se considera a sí mismo como liberado. Sabe que forma parte de la pequeña élite cuyo trabajo puede asumir la figura de una obra. Ninguna fanfarronería en la excepción que se otorga, sino por el contrario un escroepulo social: el rechazo a mirar el trabajo de las masas a través del prisma de sus privilegios. Y sin embargo, ¿no hay ahí un soberano desprecio? El artista, el pensador o el escritor de antes ¿son los oenicos que pueden encontrar sentido y placer en su trabajo? Hay que escuchar a aquellos que tienen la doble experiencia del trabajo manual y la creación literaria, para sentir lo que este presupuesto tiene de insultante respecto de lo que habitualmente se denomina el "trabajo manual".
Escuchemos a Georges Navel describirnos el trabajo del terraplenero: "La fatiga existe, pero el oficio no es ni tonto ni embrutecedor. Hay que trabajar con flexibilidad, vigilar los movimientos. Sólo se maneja bien el pico si se ha prestado atención. Los terrapleneros lo usan con economía de esfuerzo. Sus gestos son inteligentes, bien regulados. Manejar la pala sin exceso de fatiga, realizar cada día una tarea igual exige habilidad. Cuando debe arrojar la tierra desde una zanja muy profunda, no hay cavador que no se regocije con su palada. De la repetición del mismo esfuerzo nace un ritmo, una cadencia en la que el cuerpo encuentra su plenitud. No es más fácil lanzar bien una palada que lanzar el disco. Antes de la fatiga, si la tierra es buena, se desliza bien, canta sobre la pala, hay por lo menos una hora en la jornada en la que el cuerpo es feliz"[24].
Sin duda se trata del terraplenero, el de antes de la guerra, cuya cultura libertaria Navel valoraba, como la de un hombre que él también fue. Otros trabajos descriptos por Navel, de la metalurgia parisina a las salinas de Hyères, no ofrecen al cuerpo esta "hora de felicidad" que nos menciona. Pero siempre Navel describirá la atención prestada al gesto, el saber hacer, la inteligencia del cuerpo que todo trabajo supone, inclusive el más penoso y el más socialmente alienado. La cuestión es entonces: ¿por qué todo esto? ¿Por qué semejante atención del terraplenero en esta obra efímera que es su zanja? ¿Por qué el mantenimiento de una cultura del trabajo después de varios siglos de alienación salarial?
En su reciente obra, rica en ciencia pero también en presencia "física" del trabajo, Nicolas Dodier proporciona una pista para comprenderlo. Basándose en Hannah Arendt, distingue tres registros del trabajo: la penosidad, la obra y la acción[25]. Mediante esta trilogía, supera el cara a cara estéril del trabajo alienado -el del puro esfuerzo- y el trabajo creativo -el que se sublima en la obra. Sin duda, el trabajo del obrero especializado de la metalurgia que describe en este libro deja poco lugar a la obra, pero tampoco es puro esfuerzo, pura pena ya que es en primer lugar acción, acto mediante el cual "el hombre realiza lo que es". En bellas páginas, Dodier describe estas "arenas de la habilidad técnica" en las que se despliega el "ethos de la virtuosidad" de los obreros en estos gestos de obrero especializado que el no iniciado a menudo cree automáticos y desprovistos de "sentido". "No hay terraplenero que no se regocije con su palada" nos decía Navel, y peor para aquellos que creen que esta vanidad es más estéril que otras.
2. Pensar el trabajo
Quizás el lector comienza a captar cuál es el sentido de esta "defensa del trabajo". No se trata ni de negar la alienación del trabajo, ni de negar su "crisis". Nuestra sociedad está atrapada en un movimiento vertiginoso, que hace que cuanto más escaso se vuelve el trabajo, más se exige moralmente de las personas. Para Stalin, el hombre era "el capital más precioso" y por eso hizo de él el uso extensivo que conocemos. Para la economía moderna, el trabajo es el bien más precioso, y por eso se lo economiza a ultranza. Una fracción creciente de la población de nuestros países "desarrollados" está colocada frente a un orden esquizoide, un "doble vínculo" que consiste en exigir de ella un trabajo que no se le puede brindar[26]. Hay que aflojar esta presión: reducir el tiempo de trabajo, reorganizar los aportes sociales, reajustar el ciclo de vida, construir nuevas sociabilidades, etc.
Pero no lograremos realizar este cambio si sólo vemos en el trabajo una convención social obsoleta. El hombre no ha dejado de transformarse al transformar el mundo, y eso también es el trabajo, para bien y para mal, en el destino prometeico de la humanidad. Así, la crisis contemporánea del trabajo no reside simplemente en el desempleo, es decir en la ausencia de trabajo. Hay que leerla también en el mismo trabajo, es decir en las nuevas formas de actividad técnica mediante las cuales el hombre moderno prosigue, quizás hasta su pérdida, un proceso de transformación de su entorno comenzado hace varias decenas de miles de años. Es en este camino que este libro trata de internarse, cruzando sociología y epistemología del trabajo.
La primera parte hace un balance de la historia, plena de ambigY¨edades y meandros, de las ciencias del trabajo. El plural se impone por más de una razón. En efecto, las ciencias del trabajo siempre han sido sociales y naturales a la vez. El concepto de trabajo constituye uno de esos puntos nodales mediante los cuales se capta la imposibilidad en la que se encuentran las ciencias sociales de "cerrarse" sobre ellas mismas. Todavía hoy la ergonomía nos recuerda que el trabajo es primero un acto en el que se compromete el hombre por su constitución fisiológica, aoen cuando sus funciones cerebrales sean lo que se moviliza principalmente. Frente a esta constatación, el investigador en ciencias sociales se inquietará por el peligro de "reduccionismo", pecado mayor sobre el que nos advirtieron nuestros maestros Auguste Comte y Emile Durkheim. Encontrarán sin dificultad, en Jules Amar por ejemplo o en alguno de sus discípulos contemporáneos, material para fundamentar sus temores.
Sin embargo, la cuestión es más compleja, ya que las relaciones entre ciencias del hombre y ciencias de la naturaleza fueron menos unilaterales de lo que se cree habitualmente. La historia de las ciencias del trabajo lo demuestra. Es cierto, Jules Amar aplicaba al trabajo profesional un modelo termodinámico tomado de la "física biológica" de fines del siglo XIX[27]. Pero sólo pudo hacerlo porque encontró en la literatura de su época el concepto de "trabajo fisiológico", definido por su maestro Auguste Chaveau como extensión del concepto mecánico de "trabajo". Esta extensión, criticada en su momento por algunos físicos como veremos en el capítulo 3, era legítima si recordamos, como haremos en los capítulos 1 y 2, que el concepto mecánico de trabajo se forjó a comienzos del siglo XIX por analogía explícita con el trabajo humano. En esta historia, la elaboración de categorías científicas en física o en fisiología y la emergencia del marco social moderno del trabajo (la relación salarial) están permanentemente mezcladas.
La aparición del discurso tayloriano a comienzos del siglo XX, que estudiaremos en el capítulo 5, constituyó a este respecto un verdadero "pavé dans la mare". En la época muchos pensaban que la ciencia fisiológica y psico-fisiológica del trabajo en vías de elaboración estaba madura para la aplicación industrial. Ahora bien, frente a, por ejemplo, las elaboradas mediciones ergográficas de la fatiga sobre cuya interpretación se peleaban los especialistas, Taylor impuso en el debate poeblico una "ciencia del trabajo", equipada con los cepillos que hacen las planchas lisas. Una vez más, el trabajo iba a escapar a la ciencia "pura". El fracaso de la "psicología aplicada" de comienzos de siglo, que se presentará en el capítulo 4, marcaba el fin del grandioso proyecto de elaboración de una ciencia positiva del trabajo. Al dejarle a los ergónomos un espacio congruente, iba a abrir las puertas de las grandes empresas a los sociólogos y psico-sociólogos del trabajo.
Ahora bien, en nuestra opinión no se ha prestado la suficiente atención al significado de la victoria ideológica del taylorismo[28]. Taylor no inauguraba, como se creyó con demasiada frecuencia, una nueva ciencia del trabajo. Ponía en forma simple una representación del trabajo como acción mecánica del hombre que, inspirada en Coulomb, estaba en el centro del pensamiento industrial de comienzos del siglo XIX. Citemos oenicamente a Charles Dupin: "Los directores de talleres y manufacturas son los que deben hacer, por medio de la mecánica aplicada, un estudio especial de todos los medios para economizar las fuerzas de estos obreros; ganarán doblemente. Producirá más resultados con la misma cantidad de hombres; podrá cansarlos menos, y sin embargo obtener más"[29]. Los mecánicos de comienzos del siglo XIX pensaban con un mismo movimiento la mecánica de los hombres y la de las máquinas. Taylor, por el contrario, aislará la mecánica humana, como le reprocharán muchos ingenieros de su época, por ejemplo el francés Emile Belot, del que estudiaremos las concepciones industriales en el capítulo 6.
Sobre este punto preciso, mi reflexión sobre la historia de las ciencias convergió con mis trabajos sociológicos. A fines de los años 1970, al comienzo de mis investigaciones, la economía y la sociología del trabajo estaban marcadas por una verdadera fascinación respecto del pensamiento tayloriano[30]. Ahora bien, el sector petrolero y petroquímico de la región de Marsella que estaba estudiando, evidentemente no podía entrar en el molde intelectual que me proponía la literatura. Estabamos en las antípodas de la concepción "aditiva" de la producción elaborada por Taylor. Como se verá en el capítulo 8, la producción no puede concebirse en esas industrias como una suma de trabajo. Se basaba en un proceso fluido, continuo, en el que el trabajo humano tenía una función principalmente reguladora. Es cierto que al margen de este proceso se encontraban "trabajos" en el sentido tradicional, como veremos en el capítulo 9, a menudo subcontratados por la empresa para tener mayor "flexibilidad". Pero me negaba a considerar en los márgenes y sólo allí residía la comprensión del sistema en su conjunto[31].
Descubrí entonces una pista curiosamente descuidada en la época, en los trabajos sobre automación de los años 1950-1960, y sobre todo en los sustanciosos trabajos realizados en Francia en torno a Pierre Naville[32]. ¡La cuestión era antigua! Remontando más atrás en el tiempo mediante una historia de la tecnología, descubrí que la fluidez industrial y el trabajo de supervisión-control que engendra habían aparecido, como se verá en el capítulo 6, a lo largo del oeltimo tercio del siglo XIX en la gran industria química, e inclusive en muchos sectores de la industria agroalimentaria[33]. A este respecto, el pensamiento tayloriano me pareció claramente anacrónico en su propia época. El estudio de los debates de organización en la época de Taylor, y especialmente, mi descubrimiento de las publicaciones de Emile Belot me confirmaron en esta idea. Muchos autores, ingenieros o psicofisiólogos, denunciaban entonces, como veremos en el capítulo 5, el arcaísmo del pensamiento tayloriano, su empirismo sumario, su atención privilegiada por los trabajos que utilizan la fuerza física, su ausencia de reflexión sobre la articulación del hombre con la máquina, etc.
Pero el mal estaba hecho. El pensamiento tayloriano iba a permanecer durablemente en el imaginario de las ciencias sociales, y especialmente de la sociología del trabajo, a tal punto que no se logra representar "verdadero" trabajo más que en la figura del gesto tayloriano. El éxito ideológico del taylorismo aclara en este sentido el debate actual sobre el fin del trabajo. Los sociólogos se enfrentan a una tarea difícil: ¿cómo pensar el trabajo más que como un agente mecánico en una fábrica-máquina? Privados de otros esquemas de representación del trabajo, es fácil que resulten tentados por diagnosticar el fin del trabajo[34] cuando el modelo mecánico pierde toda consistencia. Pero, como insistí, el trabajo nunca pudo reducirse a esta figura tayloriana. Como los ergónomos no dejan de repetir, el trabajo "real" siempre se distinguió del trabajo "prescripto", de la "tarea" tayloriana. Si los sociólogos del trabajo tienen tantas dificultades para pensar el trabajo automatizado o el trabajo terciario, es porque, demasiado obsesionados por el taylorismo, tienen una enojosa tendencia a olvidarse de analizar el trabajo, confundiéndolo con las fichas de la oficina de métodos. También de los márgenes de la sociología del trabajo provino recientemente la renovación del análisis de las formas concretas del trabajo[35].
Ahora bien, lejos de invitarnos a abandonar el análisis del trabajo, la automatización creciente de los procedimientos debe más que nunca incitarnos a llevarlo a cabo. Con la automación, el trabajo no desaparece; a veces se esconde; sobre todo, es cada vez menos inteligible a nuestro entendimiento marcado por una larga tradición mecanicista[36]. Por ejemplo, puede medirse cada vez menos en "tiempos", lo que evidentemente plantea temibles problemas sociales como lo muestran los debates actuales sobre la "reducción del tiempo de trabajo". De la misma manera, con el desarrollo de las tecnologías de comunicación, también es cada vez menos imputable a un espacio cerrado predeterminado, el del taller o de la oficina, donde se desarrollaría por hipótesis toda producción. Para citar sólo un ejemplo en el cruce de estas dos dimensiones espaciales y temporales del problema, ¿qué estatuto se le puede dar a la "sujeción" (astreinte), es decir la obligación de quedar a disposición del aparato productivo sin tarea precisa que cumplir en un marco prescripto con precisión? Nos es difícil pensar esta sujeción como "trabajo" cuando se produce en la casa, con la familia o los amigos. Y sin embargo, esta situación no es técnicamente diferente de la de los obreros de las fábricas de proceso continuo, durmiendo, jugando al ping-pong u organizando fiestas durante sus horas de guardia, como veremos en el capítulo 9.
Este anclaje de mi pensamiento en una antropología del trabajo, que algunos podrán encontrar demasiado evolucionista, me brindó una mirada distanciada sobre las diversas dimensiones de la "renovación de la cuestión social" de estas oeltimas décadas[37]. Creo que la sociología está con demasiada frecuencia obstaculizada por un discurso sobre el presente instantáneo. Esta postura lleva a los sociólogos a una extraña ceguera sobre su propia historia, que los arrastra a reinventar periódicamente las mismas cuestiones, los mismos conceptos. Sobre todo, los lleva a menudo a "engancharse" al discurso político, tecnocrático o mediático, tratando desesperadamente de darle un contenido conceptual a sus oeltimos hallazgos de lenguaje. A lo largo de mi recorrido, criticaré también la "rigidización" en torno a la noción de oficio, defecto recurrente de la sociología del trabajo (capítulo 10), el mito comoenmente compartido que ve en la formación la fuente y la solución al mismo tiempo de todos los males sociales (capítulo 11), o el pseudo concepto de inserción, que se emplea justamente sólo para aquellos que no se insertan, o por lo menos que no se insertan como quisiéramos (capítulo 12).
No es por casualidad que este libro sobre el trabajo termina con una crítica de la noción de "inserción". En muchos discursos sociales, y sociológicos, el trabajo sólo se piensa como instrumento de integración social. Sin duda, el lugar del trabajo en la inserción social de los individuos es esencial. Pero volverlo objeto de una política es poner el mundo al revés. El trabajo es integrador sólo porque es productivo. Pensar la función integradora del trabajo sin pensar su función productiva está condenado al fracaso. Renunciar a pensar su función productiva porque ya no puede encarnarse en la lógica mecanicista es abandonar demasiado rápido. Pensar las nuevas formas técnicas del trabajo para pensar sus nuevas formas sociales, me parece que es esa la tarea actual de la sociología del trabajo. Esta demostración merece, por lo menos eso espero, el desvío epistemológico al que invito al lector.
Notas
1 La primera parte de esta introducción retoma un artículo publicado en la revista Alinéa, no.8, septiembre de 1997. Este artículo constituía el postfacio de un dossier sobre las "crisis del trabajo", compuesto por tres artículos, respectivamente: de Frédérik Mispelblom, Sébastien Schehr y Valérie Janvier. [Volver]
2 Michel Foucault, Surveiller et punir, naissance de la prison, París, Gallimard, 1975, p. 48. [Volver]
3 Para una historia de la génesis del sentido moderno en la lengua francesa de la época clásica, ver Annie Jacob, Le travail, reflet des cultures, París, PUF. [Volver]
4 André Leroi-Gourhan, Le geste et la parole, 2 vol. París, Albin Michel, 1965. [Volver]
5 Hannah Arendt, La condition de l'homme moderne (1958), París, Calmann-Lévy (reed. Agora Pocket). Recordemos que en esta obra Hannah Arendt distingue el "trabajo" (en el sentido de penoso) de la "obra", de la "acción". [Volver]
6 Esta tradición está presente en el noemero de Alinéa de donde sale este texto mediante el artículo de Sébastien Sheehr: "Existe una vida antes de la muerte o el trabajador como muerto viviente". [Volver]
7 Charles-Augustin Coulomb, "Résultats de plusieurs expériences destinées à déterminer la quantité d'action que les hommes peuvent fournir par leur travail journalier, suivant les différentes manières dont ils emploient leurs forces", Mémoire de l'Académie des sciences, 1799; citado de la reedición en Théorie des machines simples, París, Bachelier, 1821, p. 256. [Volver]
8 Ibid. [Volver]
9 Hemos estudiado esta cuestión en profundidad en Le travail: économie et physique (1780-1830), París, Puf, 1993. [Volver]
10 Cf. Sobre este autor y su inscripción en los debates de organización del trabajo a comienzos de siglo, el capítulo 5 del presente libro. [Volver]
11 Adam Smith, Essai sur la nature et les causes de la richesse des nations (1776), reed. París, Garnier-Flammarion, 1991 (ver también la nueva traducción de Paulette Ta·eb, París, PUF, 1995). [Volver]
12 Smith, op.cit.,1991, p. 102. [Volver]
13 W.S. Jevons, La théorie de l'économie politique (1871), trad. francesa, París, Giard y Brière, 1909. Puede encontrarse un rápido comentario de Jevons sobre este punto en F. Vatin, Le travail, op. cit., pp. 102-105. [Volver]
14 Nos referimos en nuestro artículo sobre el que se basa esta introducción a la contribución de Valerie Janvier en el noemero de la revista Alinéa sobre la crisis del trabajo: "L'insertion, symptôme et mode de traitement des problèmes d'intégration par l'emploi", op. cit., pp. 31-40. [Volver]
15 También aquí nos referimos a la contribución de Frederick Mispelblom: "Le travail n'est plus ce qu'il n'a jamais été", op. cit., pp. 11-19. [Volver]
16 Gilbert Simondon, Du mode d«existence des objets techniques, París, Aubier-Montaigne, 1969, p. 241. [Volver]
17 Idem, p. 251-252. [Volver]
18 J. P. Dautun, Chroniques des non-travaux forcés, París, Flammarion, 1993. Esta crónica de un desempleo vivido inicialmente fue publicada como folletín en el diario Le Monde. [Volver]
19 Karl Marx, Manuscrits de 1857-1858, París,Sociales, 1980, tomo 2, p. 101. [Volver]
20 Ibid. [Volver]
21 Ibid. [Volver]
22 A falta de una larga lista bibliográfica, citemos las descripciones sugestivas del trabajo de obreros especializados de la industria automotriz parisina en 1969 por Robert Linhart, L«établi, París, Minuit, 1978, y en un modo más universitario el estimulante libro de Nicolas Dodier, basado en una larga observación participante en una fábrica metaloergica: Les hommes et les machines, París, Métaillé, 1995. [Volver]
23 Este compromiso puede tomar un carácter patológico. Un grupo de estudiantes de R?nes nos relató en ocasión de una investigación en una fábrica de embotellamiento, que las mujeres encargadas de pegar las etiquetas en las botellas verificaban la calidad de su trabajo cuando hacían las compras, llegando hasta comprar las botellas mal etiquetadas para retirarlas de la circulación. [Volver]
24 Georges Navel, Travaux, París, Stock, 1945, reed. Folio. [Volver]
25 Nicolas Dodier, op. cit., pp. 217-273. Como lo señala Nicolas Dodier, Hannah Arendt no plantea la presencia de la acción en el marco de la actividad técnica. Se queda así en la oposición clásica de una lógica de la obra que caracterizaría las formas pre-capitalistas de actividad técnica, a una lógica del puro trabajo (por ejemplo, la penosidad) que marcaría a la producción moderna. Al reintroducir la acción, Dodier se diferencia de esta oposición que, repetida ad nauseum, tiende a volverse estéril y prohíbe pensar el universo técnico contemporáneo de un modo que no sea negativo. Al mismo tiempo, esto nos invita (Nicolas Dodier no lo propone explícitamente) a devolverle a la noción de trabajo su dimensión genérica: el trabajo es también "acción". Para prolongar su enfoque, habría que reconsiderar también el registro de la obra en la sociedad contemporánea, forma que no puede eternamente asociarse a la figura del artesano si se quiere comprender cómo produce colectivamente el hombre en la actualidad. Fue uno de los temas defendidos por Pierre Naville contra Georges Friedmann en sus obras desgraciadamente ignoradas por Nicolas Dodier. Cf. especialmente Vers l'automatisme social?, París, Gallimard, 1963. Mis investigaciones sobre la fluidez industrial, presentadas en los capítulos 7, 8 y 9 de este libro, se inscriben explícitamente en esta perspectiva abierta por Pierre Naville. [Volver]
26 Es el tema que desarrollaba André Gorz en Métamorphose du travail, qu?te de sens, París, Galilée, 1991, al denunciar el carácter "autófago" de las sociedades de trabajo.[Volver]
27 Se llamaba así en esa época al conjunto del saber físico directamente aplicable a la biología, especialmente lo que iba a convertirse en la "bio-energética" (cf. sobre este punto el capítulo 3). [Volver]
28 Hablamos de una victoria ideológica para designar la reputación de un autor que terminó encarnando la modernidad industrial del siglo XX. Este éxito mediático no debe por eso llevarnos a sobrevaluar la influencia real de la doctrina de Taylor en la organización de las empresas, como insistiremos en el capítulo 5. [Volver]
29 Charles Dupin "Introduction au cours de méchanique appliquée aux arts", noveno discurso pronunciado el 2 de diciembre de 1820, en Recueil de discours sur l'industrie, le commerce, la marine et les sciences, París, 1825 (2 vol.) tomo I, pág. 24. (Se trata del curso dictado por Dupin en el Conservatoire national des arts et métiers, donde se había creado para él una cátedra de "mecánica aplicada a las artes" en 1819; el mismo año se había creado una cátedra de "economía industrial" para Jean-Baptiste Say). [Volver]
30 Mostraremos en el capítulo 5 que esta fascinación estaba provocada en autores obsesionados en esa época por el marxismo, por la similitud superficial entre el análisis tayloriano del trabajo y la teoría marxista del valor trabajo. [Volver]
31 El artículo retomado en el capítulo 9 apuntaba precisamente a contrarrestrar esta tesis bastante difundida en esa época. Quería insertarlo en este volumen ya que desarrollaba el concepto de "flexibilidad", que después evolucionó de la manera que todos conocen. [Volver]
32 P. Naville, op. cit., 1963, y Pierre Naville (dir.), L'automation et le travail humain, París, Editions du CNRS, 1961. [Volver]
33 Confirmé después este análisis en un estudio detallado de la historia tecnológica en la industria lechera: F. Vatin, L'industrie du lait, essai d'histoire économique, París, L'Harmattan, 1990. [Volver]
34 Yo mismo incité en mis primeros trabajos, como se verá en el capítulo 9, a abandonar el término "trabajo", demasiado connotado por la idea puritana de pena y su refutación organizacional en Taylor. Los debates recientes me convencieron que tal abandono hacía más mal que bien, ya que con el concepto de trabajo se estaba abandonando el análisis mismo de la relación entre vida social y acto productivo. Hoy me inclino a pensar que tenemos que "vivir con" el concepto y la palabra trabajo, a pesar de todas las buenas razones que puedan tenerse para abandonarlos.[Volver]
35 A falta de un análisis construido, citemos algunos ejemplos para hacer comprender nuestro punto de vista. Pensamos en el libro de Dodier, ya citado, que toma elementos de la sociología de las redes de Bruno Latour y Michel Callon para pensar la "solidaridad técnica". Pensamos también en el recorrido, surgido de la ergonomía, de Gilbert de Terssac (Autonomie dans le travail, París, Puf, 1992) o en el éxito más reciente de los trabajos de Yves Clot, que se nutre de la tradición de psicodinámica del trabajo (Le travail sans l'homme, París, La Découverte, 1995). Citemos también los trabajos inspirados de la tradición fenomenológica y la etnología a la manera de la Escuela de Chicago, como los de Jean Peneff (L'Hôpital en urgence. Etude par l'observation participante, París, Metaillé, 1992), o los de Isaac Joseph (Les métiers du public: les compétences de l'agent et l'espace des usagers (con Gilles Jeannot), París, CNRS, 1995). Señalemos finalmente la intervención reciente de los lingY¨istas en estas cuestiones: Josyane Boutet (ed.), Paroles au travail, París, L'Harmattan, 1995). [Volver]
36 Se puede establecer aquí una relación con la filosofía de las técnicas de Gilbert Simondon (op. cit.). Segoen este autor, el objeto técnico primitivo, al ser la realización abstracta de una idea, es inmediatamente comprensible para el observador. Cuando se desarrolla, se vuelve "concreto" y tiende a parecerse a un objeto natural. Es entonces cuando exige una lectura "tecnológica" que podrá develar sus secretos. Mutatis mutandis, se puede decir lo mismo del trabajo moderno que como es menos inmediatamente inteligible, exige mucha más atención por parte del observador. [Volver]
37 Al organizar en 1989 en el marco de la Universidad de Rennes unas jornadas de trabajo sobre el tema de las políticas sociales, edité las actas con Jean-Manuel de Queiroz bajo el título precursor: Le renouveau de la question sociale, Rennes, Pur, 1991 (los capítulos 11 y 12 del presente libro inicialmente fueron publicados en esta recopilación). Desde ese momento se publicaron varios libros de autores muy diferentes que utilizaron la expresión. Citemos: Robert Castel, Les métamorphoses de la question sociale, París, Fayard, 1995 y 1998 (que había contribuido en la recopilación publicada en Rennes); Pierre Rosanvallon, La nouvelle question sociale, París, Seuil, 1995; Christophe Aguitton y Daniel Bensa·d, Le retour de la question sociale: le renouveau des mouvements sociaux en France, París, Page Deux, 1997; Jacques Commaille, Les nouveaux enjeux de la question sociale, París, Hachette, 1997 y Le retour de la question sociale, París, Hachette, 1999. Como el debate sobre el "fin del trabajo", el éxito reciente de la expresión "cuestión social" que instaura un paralelismo con los debates del siglo XIX, es un hecho social en sí mismo, que merecería un análisis en profundidad. El debate sobre la "nueva cuestión social" y aquel sobre el "fin del trabajo" están por otra parte estrechamente ligados. [Volver]
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Puesto en línea: 30 junio 2004