|
|
Teorías económicas sobre el mercado de trabajo Fondo de Cultura Económica/CEIl-PIETTE/Trabajo y Sociedad,
Buenos Aires, 2006, 188 págs, |
||
|
I N D I C E Introducción. Julio C. Neffa Introducción a las teorías marxistas y radicales del mercado de trabajo: Acumulación de capital, empleo y desocupación. Una introducción a la economía
del trabajo en las obras de Marx. Mariano Féliz y Julio C. Neffa El mercado de trabajo en la economía política radical. Mariano Féliz Introducción a las teorías keynesianas y poskeynesianas del mercado de trabajo. Patricio Narodowsky La teoría general del empleo según J. M. Keynes. Pablo E. Pérez y Julio C. Neffa Empleo y desempleo en la teoría poskeyenesiana. Demian T. Panigo |
Julio C. Neffa
A partir del último cuarto del siglo anterior, el medio académico, ante el desafío del desempleo elevado y persistente, ha intensificado los estudios teóricos y las investigaciones empíricas sobre la Economía del Trabajo, consolidándose esta especialidad dentro de la Economía Política.
En este contexto, la experiencia traumática argentina, con sus fuertes crisis y contradicciones en cuanto al crecimiento, el empleo, la distribución del ingreso, los salarios, las condiciones de trabajo y de vida, constituye un caso apasionante para su estudio. Pero salvo contadas excepciones, sólo se lo ha enfocado desde una perspectiva teórica. En su versión ortodoxa, los supuestos no distinguen el mercado de trabajo de los demás mercados, partiendo del postulado de que los niveles de empleo y de salario real se determinan en la intersección de las curvas de oferta y demanda de fuerza de trabajo en un mercado de competencia pura y perfecta, por lo tanto no habría desocupación porque el salario real debería ajustarse naturalmente a la productividad marginal física del trabajo. No da así explicaciones adecuadas sobre los desequilibrios persistentes en el mercado laboral y ha inspirado políticas de empleo poco eficaces, basadas en la flexibilización en cuanto al uso de la fuerza de trabajo y en la reducción de los costos laborales directos e indirectos, cuyos resultados han sido dramáticos, lo que obliga a revisar sus postulados, el diagnóstico y las recomendaciones de política.
Dentro del área de investigación “Empleo, desocupación y políticas de empleo” del Ceil-piette del Conicet, surgió la idea de profundizar no sólo la teoría económica dominante, sino, fundamentalmente, revisitar en sus fuentes los enfoques alternativos. Se estableció así una división del trabajo dentro del equipo para el estudio, en la que cada subgrupo siguiera un esquema similar que permitiera la confrontación y poner en evidencia los respectivos supuestos, el desarrollo y las políticas derivadas.
Cada texto resultante se discutió luego dentro del equipo y la versión final fue sometida al referato de especialistas nacionales e internacionales, cuyo aporte sirvió para corregir y completar la versión que aquí se publica.
El objetivo propuesto fue tan ambicioso como la necesidad identificada. Según nuestro conocimiento, y con estas dimensiones, no existe un trabajo similar publicado en ingles, francés o español, pues los handbooks y manuales de economía del trabajo reconocen, por lo general explícita o implícitamente, la perspectiva de una sola teoría, a partir de la cual se hacen breves menciones a un número limitado de otras que se consideran relevantes.
Las teorías económicas sobre el mercado de trabajo así analizadas se han agrupado en tres volúmenes, según las orientaciones con puntos en común, referidos respectivamente a las teorías marginalistas (neoclásica y neokeynesiana), marxianas y keynesianas, y a las diversas escuelas institucionalistas.
Varios centros de investigación colaboraron eficazmente facilitando el acceso a la bibliografía no disponible en la Argentina: el Centre d’Études de l’Emploi (CEE), el Institut de Recherches Économiques et Sociales (IRES), el Centre d’Études et Recherches sur les Qualifications (CEREQ), el Laboratoire d’Économie et Sociologie du Travail (LEST-CNRS), y en ellas, prestigiosos especialistas hicieron aportes o aceptaron leer y criticar uno o varios capítulos, lo cual enriqueció indudablemente sus contenidos: Robert Boyer, Hughes Bertrand, Christian Bessy, Benjamin Coriat, François Eymard-Duvernay, Jacques Freyssinet, Jerôme Gautié, Eric Verdier y Pascal Petit. A su vez, los investigadores Saúl Keifman, Axel Kiciloff y Javier Lindenboim hicieron lo propio en nuestro medio. A todos ellos hacemos público nuestro agrade-cimiento. Pero la responsabilidad de la redacción nos incumbe exclusivamente a los autores.
Los destinatarios a quienes están dirigidos estos trabajos son básicamente los investigadores, docentes y estudiantes, de grado y posgrado, en economía del trabajo, así como los especialistas en sociología, derecho y relaciones de trabajo, administración del personal y gestión de recursos humanos.
Somos conscientes de que no se trata de un estudio completo y acabado, pues adolece de las deficiencias propias de un trabajo pionero, cuyos autores prefirieron transferir los conocimientos adquiridos a la comunidad académica y someterlos a sus críticas, facilitando así que otros puedan utilizarlos para perfeccionarlos y completarlos. Nos alienta el propósito de comprender y transformar la estructura y el funcionamiento del mercado de trabajo, para reducir la desocupación y la precariedad en todas sus formas, aumentar la participación de los asalariados en el ingreso nacional y mejorar los salarios reales.
Es así como desde el ceil-piette deseamos contribuir al desarrollo científico y tecnológico de nuestro país. Si la lectura de estos trabajos suscita comentarios y críticas y abre nuevos caminos para la reflexión, habremos logrado uno de nuestros principales objetivos.
En mi calidad de coordinador de este proyecto, y en nombre de todo el equipo, quiero también agradecer al conicet, al foncyt de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación Científica, a docentes y alumnos de las facultades de Ciencias Económicas de la uba y de la unlp, así como a los colegas del ceil-piette del conicet, por el apoyo recibido, sin el cual la tarea no se hubiera podido desarrollar.
Buenos Aires, mayo de 2005
Introducción a las teorías marxistas y radicales
del mercado de trabajo:
el análisis marxista de los mercados de trabajo
Jacques Freyssinet*
Para Karl Marx, la fuerza de trabajo en el modo de producción capitalista no se produce y reproduce como una mercancía, sino que se intercambia como una mercancía. Existen entonces uno o varios mercados de trabajo en los que se opera este intercambio. Sin embargo, como destacan Mariano Féliz y Julio Neffa en su contribución, el análisis del mercado de trabajo no ocupa un lugar importante en la obra de Marx, aunque el trabajo es un concepto central, indisociable del concepto de capital.
Es útil comprender las razones de semejante falta de interés y medir el impacto que tuvo en las diversas corrientes de análisis económico que se inscribirán en una problemática marxista.
Si bien Marx no otorga al mercado de trabajo más que un lugar secundario en su construcción teórica, nuestra hipótesis es que no se trata de una negligencia de su parte, sino de la consecuencia de opciones o diagnósticos estratégicos que adopta acerca del estatus del trabajo y de los trabajadores en las economías capitalistas del siglo xix. El análisis de los mercados de trabajo obliga a los economistas, con la excepción quizás de los autores neoclásicos más primitivos, a enfrentar la cuestión de la heterogeneidad del trabajo. Si bien Marx evidentemente no ignora la realidad empírica de esta heterogeneidad, se ve llevado por razones teóricas, históricas y políticas a desplazarla a un segundo plano.
En el plano teórico, en primer lugar, la teoría del valor y de la explotación, es decir del modo de extorsión del sobretrabajo específico de las relaciones de producción capitalistas, se basa necesariamente en la noción de trabajo abstracto. En efecto, Marx escribe:
la igualdad de los trabajos que difieren enteramente unos de otros no puede consistir más que en una abstracción de su desigualdad real, que en reducción a su carácter común de gasto de fuerza humana, de trabajo humano en general y es sólo el intercambio el que opera esta reducción poniendo en presencia unos y otros, en un pie de igualdad, los productos de los trabajos más diversos.
El mercado de trabajo, lugar del intercambio, revela la homogeneidad del trabajo abstracto más allá de la infinita variedad de trabajos concretos que se manifiestan en los procesos productivos.
En segundo lugar, Marx ve en el desarrollo de la gran industria la fuente ineluctable de una eliminación del trabajo calificado, o trabajo complejo, en beneficio del trabajo simple. Este diagnóstico, que está presente desde sus primeras obras, será reafirmado constantemente después. No se trata aquí, como para el concepto de trabajo abstracto, de una opción teórica necesaria para establecer una medida de la explotación capitalista; se trata solamente de un juicio de hecho sobre las características de una fase particular del desarrollo de las fuerzas productivas.
Finalmente, y en tercer lugar, la actitud de Marx es probablemente el resultado de una opción política. Si la consigna es: “¡proletarios del mundo, uníos!”, entonces no es oportuno orientar la atención hacia la profunda heterogeneidad de las formas de trabajo que caracterizan el período de la Revolución Industrial. El ejemplo de Francia es, en este aspecto, significativo. A mediados del siglo xix coexisten, como en los otros países en vías de industrialización, por lo menos tres estatus radicalmente diferentes de los trabajadores: en primer lugar, el trabajo a domicilio, rural o urbano; luego el trabajo de los obreros de oficio en el artesanado y la pequeña empresa fami-liar; finalmente el trabajo parcelizado de las fábricas. Marx dedicó tres análisis sucesivos al movimiento obrero francés. Emplea indiferentemente los términos “clase obrera” o “proletariado” para designar un conjunto que siempre aparece como un actor unificado o indiferenciado. De hecho, Marx no se refiere más que a la acción de la clase obrera parisina, mientras que en realidad se trata principalmente de obreros de oficio, muy diferentes de los proletarios de las grandes fábricas metalúrgicas o textiles. Marx no ignoraba nada de las divisiones de la clase obrera y se comprometió activamente con ella, pero el mensaje producido debía privilegiar la unidad.
Hemos presentado las razones por las que Marx no deseaba ir más allá de una visión del mercado de trabajo como el lugar donde se opera la reducción de los trabajos concretos en trabajo abstracto conmensurable, así como no deseaba desarrollar el análisis de los factores de diferenciación de la oferta y la demanda de fuerza de trabajo. Esta primera interpretación está deliberadamente simplificada. La obra de Marx propone una serie de pistas para abordar los problemas de la heterogeneidad de los mercados de trabajo. Los mismos fueron explorados, en orden disperso, por muchos autores situados en las perspectivas abiertas por Marx.
Comencemos por el primer eje de reflexión que, según nuestra opinión, resultó estéril pero ocupó un gran lugar en los debates de fines del siglo xix y de la primera mitad del siglo xx. Se trata de la oposición entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Esta distinción es fundamental para la teoría de la puesta en valor y la acumulación del capital, lo que no nos concierne aquí. Toda la cuestión está en saber si la división entre dos tipos de actividades, según contribuyan o no a la creación de valor, engendra un corte entre dos categorías de asalariados que se denominarán “productivos” o “improductivos”. Sólo los primeros, en tanto creadores de valor, serían explotados por el capitalismo; los segundos serían remunerados mediante la transferencia de una fracción de la plusvalía creada por los primeros. Sólo los “productivos” constituirían la clase obrera o el proletariado; para los “improductivos” se plantearía únicamente la cuestión de las alianzas, es decir, de las condiciones de su desvinculación de una solidaridad objetiva con el capital que los mantiene, para unirse a las luchas de la clase obrera.
Una voluminosa literatura alimentó el desarrollo de una casuística sofisticada orientada a trazar una frontera entre trabajadores productivos e improductivos o a sondear la posibilidad de una adhesión de las diferentes categorías de asalariados improductivos a los combates del proletariado. Hoy parece haberse abandonado este tema; en efecto, no se ve muy bien por qué el estatus o el grado de conciencia de las diferentes fracciones de los asalariados estarían predeterminados por la naturaleza de las actividades de los capitalistas que los emplean.
Un segundo eje de reflexión fue alimentado por la tesis de Marx según la cual el desarrollo del maquinismo engendraría ineluctablemente la destrucción del trabajo calificado, reemplazado tendencialmente por tareas parcelizadas y repetitivas. El auge del taylorismo y de las diversas formas de “organización científica del trabajo” proporcionó nuevas ilustraciones de este movimiento, y diversos autores lo teorizaron como una tendencia inherente a las formas capitalistas de desarrollo de las fuerzas productivas. Es significativo que en 1974, el mismo año en que despunta la crisis del régimen fordista de acumulación, aparecen dos obras típicas de este enfoque.6 Éstas describen una polarización de la fuerza de trabajo entre una masa constantemente ampliada de trabajadores de ejecución, desposeídos de toda calificación y de toda autonomía, y una elite restringida de trabajadores muy altamente calificados, encargados de tareas de concepción y dirección.
La experiencia de los últimos treinta años desmintió el carácter ineluctable de semejante tendencia. Globalmente, la proporción de trabajo calificado aumenta, mientras que los análisis desagregados revelan evoluciones muy diferentes. Robert Salais y Michael Storper, por ejemplo, construyen una tipología de los “mundos de producción” posibles en función de la naturaleza de los mercados y de la de los procesos de producción. Establecen correspondencias con “imágenes típicas” de trabajadores, características de cada uno de estos mundos de producción. Ya no existe entonces un movimiento único e irreversible, sino una pluralidad de opciones posibles y una heterogeneidad estructural de los mercados de trabajo que le están asociados.
Una tercera vía de investigación fue abierta por los análisis de Marx referidos a los márgenes de la clase obrera. Si bien el capitalismo produce en su centro un proletariado completamente liberado de los vínculos extraeconómicos, que no encuentra más que en la venta de su fuerza de trabajo la fuente de su subsistencia cotidiana y de su reproducción en tanto clase social, genera también en la periferia formas intermediarias e inestables de movilización parcial y/o irregular de recursos de trabajo de reemplazo. Marx desarrolló principalmente la noción de ejército de reserva indus-trial, distinguiendo sus diferentes componentes; recurrió también a la noción ambigua de lumpenproletariat.
El aumento del desempleo y de las diversas formas de subempleo en el capitalismo contemporáneo, así como los estatus inferiorizados impuestos a ciertas fracciones del salariado (mujeres y jóvenes no calificados, inmigrantes, minorías étnicas, etc.), generaron un nuevo auge de las investigaciones que parten de la hipótesis de que el desarrollo del capitalismo no engendra la generalización de un proletariado homogéneo, sino que saca partido permanentemente de la existencia de poblaciones mantenidas en los márgenes del sistema.
Una cuarta orientación de investigación comparte con las dos anteriores la hipótesis de una pluralidad de formas de movilización de la fuerza de trabajo, y por lo tanto, de los mercados de trabajo asociados. Se distingue por los instrumentos de análisis que utiliza, tomados del enfoque institucionalista de los mercados de trabajo, cuyos resultados son reinterpretados en una perspectiva de luchas de clase. Richard Edwards, Davis Gordon y Michael Reich son probablemente los autores más representativos de tal orientación.10 Para ellos, el capitalismo no engendra la unificación del salariado porque el mantenimiento duradero de su dominación, no sólo económica sino también política y social, requiere la división, incesantemente renovada, de la clase obrera. La pluralidad de los mercados de trabajo (mercados primarios y secundarios o mercados externos, internos y profesionales) no constituye más que la representación, en el nivel del intercambio de la fuerza de trabajo, de una segmentación fundamental que no sólo refleja necesidades funcionales del sistema, sino sobre todo una estrategia política.
Se trata probablemente de la orientación más fecunda entre los enfoques contemporáneos de los mercados de trabajo que afirman una filiación con los análisis de Marx. Si bien es fiel a una tradición marxista de análisis de la dinámica del capitalismo como producto de la lucha de clases asociada a las transformaciones de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción, se aparta en cambio radicalmente de una concepción del desarrollo del capitalismo como proceso de generalización de una relación salarial en vías de homogeneización.
Patricio Narodowsky
Estudiar a Keynes y, sobre todo, enseñarlo es tal vez más difícil que hacerlo con el propio Marx y más difícil aún en las universidades de la Argentina, donde hasta mediados de los años ochenta con pocas excepciones, la economía keynesiana era la que surgía de los manuales de macroeconomía de orientación neoclásica. ¿A qué debemos atribuir esta dificultad?
En primer lugar, como ha sucedido con muchos otros “clásicos”, la dificultad puede explicarse debido a que existen contradicciones entre las obras del mismo autor, incluso, entre diversas páginas de la misma obra, en este caso, la Teoría General (tg).
Pero ése no es el problema fundamental. La cuestión central es el éxito de una idea que ya contaba con adeptos en la década de 1920: que la persistencia del desempleo podía ser consecuencia de una insuficiencia de la demanda y que la solución era –tal cual ya había probado la política de Bismark– asegurar en el corto plazo, con la intervención del gobierno, niveles deseables para dicha demanda y así reactivar el sistema.
Es con Keynes que esta idea asume rango de paradigma entre los economistas, pero fundamentalmente se transforma en la base de la relación económica entre la sociedad y el Estado. El debate económico –en particular el relacionado con la política económica– se realiza fundamentalmente dentro del “mundo keynesiano”, y de ahí la gran cantidad de interpretaciones que surgen durante la posguerra.
Antes de que el mundo pudiese discutir cuánto de heterodoxa tenía la teoría de Keynes, en una operación realmente admirable, la teoría neoclásica impuso la demostración de que la tg se ocupaba sólo de un caso particular; sobre todo intervinieron Hicks en 1937 y, años más tarde, Modigliani. A partir de ellos, el nuevo dogma sostuvo que la persistencia del desempleo involuntario debía explicarse por circunstancias específicas: cuando la demanda de inversión es insensible a la tasa de interés, en el caso de la trampa de liquidez y cuando los salarios son rígidos a la baja debido, entre otras causas, a que los trabajadores sufren de ilusión monetaria o por la acción de los sindicatos.
Pigou, contemporáneamente a Keynes, argumentó que las dos primeras condiciones (causas de la caída de la demanda agregada por debajo del nivel de pleno empleo) se neutralizarían con la caída del nivel general de precios, ya que el valor real de los balances aumentaría, que provocaría un efecto riqueza que incrementaría la demanda de consumo; sólo se plantea la posibilidad de la acción gubernamental para incentivar la demanda agregada como medida de corto plazo alternativa al efecto saldos reales. La única condición que permanece, desde la perspectiva de Pigou, es la tercera; el desempleo persistente se explica sólo por la rigidez de los salarios nominales.
Para llegar a esta conclusión, la teoría neoclásica supone que es posible agregar las conductas individuales consideradas racionales y que los mercados, salvo en los casos analizados, funcionan perfectamente. Por lo tanto, las expectativas se traducen en precios y tasa de interés (supuesto que incide especialmente en la explicación acerca del comportamiento de la inversión). En Keynes, según esta interpretación, la incertidumbre no impide, por lo menos, asignar probabilidades, y la propensión a consumir es única y constante, aunque Keynes mencione algunas causas subjetivas. Siempre según la interpretación neoclásica, en el largo plazo se alcanza un estado estacionario donde las variables se encuentran en sus valores de equilibrio. En este contexto, las instituciones se ven como barreras que no permiten alcanzar el equilibrio.
Sin embargo, si tratamos de indagar las proposiciones neoclásicas mencionadas en la tg, llegaremos a la misma conclusión de Leijonhufvud: es difícil encontrar dónde dice que el problema es la trampa de liquidez o que el escollo sólo aparece cuando la inversión es inelástica respecto de la tasa de interés. En el lugar de la función de inversión de la síntesis neoclásica, encontramos el concepto de eficacia marginal del capital, mucho más complejo y de final abierto. En el lugar del exclusivo problema de la rigidez de los salarios, en la tg aparece claramente el nivel de ocupación ligado a la demanda efectiva, y ésta a la propensión a consumir, a la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. Para Keynes, las consecuencias de una modificación en los salarios nominales son, sobre todo, complicadas.
Mucho se podía y puede discutir cuán keynesiana era la síntesis neoclásica, pero el operativo fue rápido y estaba muy bien respaldado. Increíblemente, quedaron relegados a un segundo plano algunos de los mejores discípulos del mismo Keynes, que dedicaron esos años a generalizar las ideas heterodoxas de Cambridge: son Joan Robinson, Richard Khan y Nicholas Kaldor, consi-derados hoy los fundadores de la actual escuela de los llamados poskeynesianos. Marc Lavoie define al grupo por su enfrentamiento a la síntesis neoclásica. Agregaremos aquí que ese enfrentamiento se organizó en torno a la crítica de la idea general del marginalismo y la competencia perfecta.
Luego aparece una “segunda generación de poskeynesianos” entre los cuales sobresalen Minsky y Davidson. Una definición más amplia, que incluye a neorricardianos como Sraffa y Garegnani, es la de "pensamiento posclásico".
Surge, con una riqueza enorme, una interpretación en la que la tg es el inicio de un amplio debate que incluye desde el significado mismo del concepto de capital, la formación de los precios y el concepto de mark-up, los problemas de la formación de las expectativas, es decir, la cuestión de la racionalidad y, dentro de éste, el de la incertidumbre como un estado esencial del sistema. También aparece la necesidad de pasar a un enfoque holista en el que los individuos influyen y son influenciados por el ambiente en el que actúan. Para todo se cita a Keynes, y a veces se extreman algunos de sus postulados.
En lo que se refiere al mercado de trabajo, aparece entre los autores poskeynesianos una interpretación de la demanda agregada de trabajo como la consecuencia de una serie de factores vinculados a la demanda efectiva: la distribución del ingreso, la propensión a ahorrar entre las distintas clases, los diferentes efectos ingreso.
Para definir la oferta de trabajo es importante la relación entre las decisiones de trabajar y las decisiones de consumir, lo cual hace extremadamente sistémico el análisis. En fin, el desempleo puede existir aun con salarios totalmente flexibles y explicar por qué sucede este fenómeno es muy difícil.
Es necesario resaltar que en este enfoque hay intentos serios de establecer desde otra perspectiva todas las funciones micro que forman el sistema macroeconómico. Existe una discusión sobre los supuestos y a la vez un intento de lograr otra macro; un esfuerzo enorme, que creció a la sombra, pero con fuerza, y representa una lógica que vale la pena ser estudiada, sobre todo para pensar en profundidad los ciclos económicos. Luego, el debate se ampliaría aún más con otros enfoques (fundamentalmente los nuevos keynesianos), generalmente propensos a volver a las rigideces como explicación central de la crisis.
Es decir, cada vez la discusión dentro del “mundo keynesiano” se complicaba más en el nivel mundial: en los ochenta, en las reuniones anuales de poskeynesianos y neoricardianos, había académicos de más de veinte países. Pero en la Argentina se seguía enseñando la microeconomía tradicional. Recién a mediados de los años noventa, en algunas universidades y sobre todo en los cursos avanzados, aparece una buena cantidad de profesores que intentan transmitir a los alumnos la complejidad del debate. Sin embargo, muchos de los que lo hacemos nos encontramos sin materiales y, además, debemos reconocerlo, sin la actualización necesaria y sin la especificidad en el análisis de cada mercado.
Los autores, investigadores del ceil-piette, graduados de la unlp y hoy profesores, incursionan en esta discusión en lo que respecta al mercado laboral y demuestran conocerla a fondo: manejan las distintas posiciones con gran soltura, discuten los supuestos teóricos y se mueven fácilmente con las herramientas abstractas. Por eso la lectura del libro permite obtener interesantes conclusiones y un mapa de los mencionados intentos de microfundación más allá de los modelos macroeconómicos tradicionales.
En cuanto al modo de abordar el tema, es interesante que hayan comenzado por hacer una lectura propia de Keynes, participar directamente, con compromiso, del debate. En el capítulo referido directamente a Keynes, en efecto, se tiene una visión completa del pensamiento analizado. El enfoque es importante en la medida en que, antes de entrar en la problemática del trabajo, toca todos los elementos centrales de la teoría. La conclusión en torno a la idea de que de Keynes no tenía en mente la noción neoclásica de mercado de trabajo, es desafiante y está bien fundamentada. Se trata de un capítulo que será muy útil como material de apoyo para la lectura de la tg.
En el caso del capítulo poskeynesiano, debe tenerse en cuenta que el trabajo realizado sirve más allá del mercado laboral, pues permite entender el enfoque como un todo. Justamente se aborda la cuestión de la incertidumbre y las instituciones; a partir de esta discusión “epistemológica”, se analiza la versión poskeynesiana de la teoría de la moneda, los precios y la distribución del ingreso. Se trabaja el mercado laboral en el corto plazo: primero el modelo de Weintraub, de 1956, un aporte de Robinson algo posterior, la innovación de Appelbaum en los años ochenta y el retorno de Davidson a Weintraub, menos kaleckiano que Appelbaum, aunque llegue a algunas conclusiones similares.
Pero según mi criterio, es muy interesante la exposición de los modelos de largo plazo. En todo el capítulo es sumamente esclarecedora la refinada descripción de los modelos y del debate en el interior del grupo.
El esfuerzo ha sido enorme, el resultado muy positivo. Quedan para más adelante las discusiones sobre la importancia de cada aporte, sus ventajas y desventajas. Se discutirá si es más importante que sean fieles a Keynes o que reflejen la realidad lo mejor posible. También se debatirá si tal diagnóstico o tal política es keynesiana, poskeynesiana, neokeynesiana o “neoliberal”. Ojalá sirva para el debate. Ojalá el debate, aunque desde el humilde lugar de la academia, sirva para formular políticas
de empleo con otro alcance y que las políticas contribuyan al desarrollo y al bienestar de la gente.
|
© CEIL PIETTE CONICET
http://www.ceil-piette.gov.ar/docpub/docpiette/libros/mercados1.htm
Puesto en línea: 30 agosto 2006